ACADEMIA NACIONAL DE ESTUDIOS POLÍTICOS Y ESTRATÉGICOS

Tecnologías disruptivas: el nuevo rostro de los conflictos contemporáneos

 

 

 

 

 

Francisco Arellano

Investigador CIEE-ANEPE

La historia de la guerra demuestra que cada transformación tecnológica relevante ha modificado, en mayor o menor medida, la forma de combatir. La pólvora cambió la naturaleza de los ejércitos; el ferrocarril transformó la movilidad estratégica; la aviación amplió el campo de batalla y las armas nucleares introdujeron una dimensión de destrucción hasta entonces desconocida. En el siglo XXI, esta transformación adquiere una velocidad y profundidad inéditas. Las denominadas tecnologías disruptivas están modificando no solo los medios empleados en los conflictos, sino también la manera en que se conciben, planifican y ejecutan las operaciones militares.

Pero ¿qué entendemos por tecnología disruptiva? Son aquellas innovaciones capaces de alterar significativamente los procedimientos, capacidades y modelos existentes, otorgando nuevas ventajas estratégicas, para quienes las emplean y, simultáneamente, nuevas vulnerabilidades, a quienes les son aplicadas, causando una brecha tecnológica difícil de salvar en el corto plazo. Su carácter disruptivo no depende únicamente de su sofisticación, sino de su capacidad para cambiar las reglas del juego. En el ámbito militar, ello significa que una tecnología relativamente accesible puede generar efectos estratégicos desproporcionados respecto de su costo.

Entre las tecnologías disruptivas más relevantes del siglo XXI se encuentra, en primer lugar, la inteligencia artificial (IA). Su capacidad para procesar grandes volúmenes de información, identificar patrones, apoyar la toma de decisiones y automatizar procesos, está transformando la inteligencia y la conducción de las operaciones. Vinculada con ella aparece la guerra algorítmica, entendida como el empleo sistemático de algoritmos para procesar información, seleccionar patrones, anticipar comportamientos y apoyar decisiones operacionales en tiempos cada vez más reducidos, afectando directamente al ciclo OODA. El desafío radica en que quien consiga transformar información en decisiones con mayor rapidez puede obtener una ventaja decisiva sobre su adversario.

Los sistemas no tripulados y autónomos, particularmente los drones, constituyen otra tecnología disruptiva. Su utilización para reconocimiento, vigilancia y adquisición ha democratizado capacidades anteriormente reservadas a grandes potencias. La combinación de drones con IA permite, además, generar sistemas capaces de identificar y priorizar objetivos con una intervención humana cada vez menor.

El ciberespacio constituye un dominio más en que pueden efectuarse operaciones militares, donde las tecnologías disruptivas podrían cobrar valor esencial. Los conflictos actuales pueden afectar redes de mando y control, infraestructuras críticas de comunicaciones, entre otras, sin necesidad de ocupar físicamente un territorio. A ello se agrega el Internet de las Cosas (IoT), que conecta sensores, vehículos, sistemas logísticos, instalaciones y dispositivos en redes capaces de producir y transmitir información en tiempo real. En el ámbito militar, esta conectividad puede contribuir a construir un campo de batalla más transparente y mejorar el conocimiento de la situación; pero, al mismo tiempo, multiplica los puntos susceptibles de ser atacados.

La computación cuántica representa una tecnología todavía en desarrollo, pero potencialmente transformadora. Su capacidad para resolver determinados problemas de manera muy diferente a la computación convencional podría afectar áreas como criptografía, optimización, simulación y procesamiento de información. Su impacto estratégico puede ser particularmente relevante en la seguridad de las comunicaciones, ya que podría modificar el equilibrio existente entre las capacidades de protección y vulneración de sistemas criptográficos.

La nanotecnología, por su parte, abre posibilidades en materiales más resistentes y livianos, sensores miniaturizados, sistemas de protección, medicina militar y componentes electrónicos de dimensiones extremadamente reducidas. Aunque sus efectos puedan parecer menos visibles que los de un dron o un sistema de armas, su potencial consiste precisamente en transformar progresivamente las capacidades físicas de soldados, plataformas y sistemas.

Finalmente, las tecnologías espaciales, las armas hipersónicas, la guerra electrónica, el big data y las redes avanzadas de comunicaciones completan un ecosistema tecnológico caracterizado por la convergencia. El verdadero carácter disruptivo surge cuando estas capacidades dejan de operar aisladamente y comienzan a integrarse.

La guerra entre Rusia y Ucrania constituye uno de los ejemplos más evidentes de esta transformación tecnológica. El empleo masivo de drones ha permitido observar, localizar objetivos, corregir fuegos y atacar posiciones con una velocidad inédita. La utilización de sistemas comerciales adaptados al campo de batalla demuestra, además, que la innovación militar ya no depende exclusivamente de grandes industrias de defensa. Paralelamente, las operaciones cibernéticas, la guerra electrónica, las imágenes satelitales y el procesamiento de información han adquirido una importancia fundamental.

El conflicto entre Israel y Hamás también evidencia esta transformación. La combinación de inteligencia, vigilancia, drones, capacidades cibernéticas y análisis de información demuestra que la guerra contemporánea integra tecnologías avanzadas con métodos tradicionales de combate. La existencia de túneles, emboscadas, armas convencionales y operaciones irregulares junto a sistemas tecnológicos sofisticados confirma que la guerra del siglo XXI no elimina necesariamente las formas anteriores de combatir: las combina.

Asimismo, la dimensión tecnológica ha ampliado el campo de batalla hacia el dominio cognitivo. Las redes sociales, la inteligencia artificial generativa y las tecnologías de información permiten producir y distribuir contenidos a una velocidad capaz de influir sobre poblaciones, afectar la legitimidad de gobiernos y modificar percepciones internacionales. La confrontación, por tanto, ya no se limita a destruir capacidades militares adversarias; también busca afectar su voluntad de lucha y la percepción de sus sociedades.

El elemento verdaderamente disruptivo, entonces, no se encuentra exclusivamente en una tecnología determinada, sino en su convergencia. Un sistema no tripulado conectado mediante IoT, alimentado por sensores, procesado mediante algoritmos de IA, apoyado por comunicaciones satelitales y protegido mediante capacidades cibernéticas puede generar efectos que anteriormente requerían estructuras militares considerablemente mayores. La consecuencia es evidente: disminuyen los tiempos entre detectar, decidir y actuar, modificando profundamente el ciclo tradicional de las operaciones.

Esta realidad plantea importantes desafíos para las Fuerzas Armadas del presente y del futuro. El primero será formar personal capaz de comprender y emplear estas tecnologías; el segundo, desarrollar doctrinas que permitan integrarlas de manera conjunta; el tercero, construir organizaciones capaces de innovar con mayor rapidez que el entorno estratégico; y el cuarto, adaptar la infraestructura existente a estos nuevos desafíos. A ello se suma la necesidad de proteger las redes, mantener la resiliencia de los sistemas y asegurar que las decisiones críticas continúen sometidas al juicio y responsabilidad humanos.

En definitiva, las tecnologías disruptivas no garantizan por sí mismas la victoria. Sin embargo, están modificando aceleradamente las condiciones bajo las cuales se obtiene la superioridad militar. El desafío para las Fuerzas Armadas del siglo XXI no será simplemente disponer de tecnología, sino transformar esa tecnología en conocimiento, decisión y efecto estratégico antes que el adversario.

 

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