
Dra. Loreto Correa Vera
Investigadora CIEE-ANEPE
Resulta poco común que el sector defensa se detenga, en estos tiempos, en cuestiones de índole religiosa. Más aún, muchos lectores podrían pensar que el Papa León XIV se excedió en su interpretación. Nada más alejado de la realidad. En un contexto marcado por lo desechable y la incertidumbre, la Carta Encíclica Magnífica Humanitas, publicada el 15 de mayo de 2026, sobre la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial, adquiere una trascendencia ineludible. Dos detalles sobre la persona: el Papa León es doctor en Matemática y en Derecho Eclesial.
En lo general, la encíclica aborda múltiples dimensiones: el trabajo, la cuestión moral, la necesidad de responsabilidad en la era digital, el paradigma tecnocrático y el sentido mismo de esta inteligencia artificial en la sociedad. Sin embargo, quién hubiera pensado que la guerra sería uno de los tópicos menos comentados y, al mismo tiempo, uno de los más relevantes desde la perspectiva de la paz mundial. Pues en efecto, los gobiernos no se han pronunciado sobre este aspecto.
En efecto, la guerra ya no es lo que solía ser. En Ucrania, por ejemplo, se ha transformado en un laboratorio del siglo XXI: el uso masivo de drones y misiles inteligentes permite ataques de largo alcance contra infraestructura energética e industrial, con sistemas de inteligencia artificial que optimizan rutas y objetivos. Cierto, la invasión rusa ha acelerado los cambios de la guerra. Su dinámica ha llevado a una industrialización del conflicto, que pasó de maniobras rápidas a una lógica de desgaste sistémico, en la que cualquier concentración de fuerzas es detectada y atacada automáticamente en zonas densamente vigiladas. No es el único conflicto bélico, sin duda, pero es el más acelerador de los cambios y en plena Europa. Así, las guerras actuales son multidominio, y en ellas convergen capacidades convencionales, cibernéticas, electrónicas y de información; en la que los algoritmos en combate operan con alto grado de autonomía en sistemas de defensa aérea y plataformas furtivas, reduciendo la intervención humana en decisiones tácticas. Y es justamente a eso lo que el Papa reacciona.
Un detalle poco conocido es que no es la primera vez que un pontífice repara en la guerra. Fue el Papa Urbano II, quien en el Concilio de Clermont de 1095 estableció la noción de guerra justa y legitimó las Cruzadas como una forma de defensa y expansión de la cristiandad. El tema se vinculaba con la idea de que quien no cumpliera con la noción de guerra santa pagaría sus culpas en el infierno. Hace un milenio, la clave de Occidente estaba en la redención a través de la guerra justa.
Más tarde, en el siglo XV, el Papa Julio II, apodado el Papa Guerrero, lideró campañas militares para defender y expandir los Estados Pontificios (centro de la península itálica). Y en el siglo XVI, Alejandro VI (Borgia) insistió en la guerra como instrumento político, reforzando la dimensión terrenal del poder papal.
Por ello, cuando un pontífice contemporáneo vuelve a mirar la guerra, no hace sino inscribirse en una larga tradición histórica que lo precede: la de papas que, desde distintas maneras, han regulado, legitimado o instrumentalizado el conflicto armado.
¿Qué señala el Papa León XIV sobre la guerra? El capítulo V de la encíclica se denomina La Cultura del Poder y la Civilización del Amor y en ese marco, el Papa reflexiona sobre varios elementos. En primer lugar, menciona que ya el Papa Pablo VI habló de la civilización del amor en el contexto de la Guerra Fría y que, por ello, “Hoy debemos recuperar con fuerza esta visión: la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro –ya sea persona o pueblo– como un aliado necesario para la construcción del bien común.”
A continuación, el Papa se refiere a la creciente interdependencia entre los pueblos: “El bien común adquiere cada vez más una dimensión universal, con derechos y deberes que conciernen a toda la familia humana.” No hay distingos civilizacionales, se habla de toda la familia humana.
Sin embargo, León XIV expresa también su preocupación por la cultura del poder. En ese contexto, dice que la “disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la agenda y los criterios de decisión, relegando el bien común de la humanidad a un segundo plano y reduciendo el drama concreto de los pueblos en guerra a una variable secundaria respecto de los intereses estratégicos.” ¿Qué otra cosa podría deducirse de los bombardeos implacables sobre civiles? Pero el Papa va más allá en este punto y destaca: “Esta cultura del poder penetra en la sociedad, modifica las relaciones y los comportamientos, se expande normalizando la guerra, persiguiendo un poder militar cada vez mayor, aprovechándose de la crisis del multilateralismo y alimentando un falso realismo, el cual repite que no existen alternativas.” Esta es la primera vez en que se escucha una voz contra el cinismo en el uso del poder.
Y es en este punto donde el Papa no se queda en la conjetura o la descripción. Lo que hace a partir de este análisis es confirmar cómo, desde 1965, la secuencia de los conflictos de la humanidad ha tenido una “ferocidad impresionante”. Es por ello que León XIV reconoce que el mundo hoy asiste “a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional (…)”. Pero no sólo se trata de un cambio de paradigma: el Papa advierte también una “preocupante pérdida de la memoria histórica”, cuestión que se relaciona con la normalización de la guerra, pero también con las noticias falsas, las manipulaciones de la información y la crisis del multilateralismo que analiza en forma posterior en el documento.
En este inventario de elementos de las relaciones internacionales hay que decirlo, existen dos aspectos más que son determinantes para los gobernantes y sus decisiones. El primero, el abuso que se ha hecho del concepto de guerra justa, invocada con mucha mayor frecuencia que antes y donde la diplomacia prácticamente es inexistente. A esto se suma un elemento adicional: las guerras se forjan a partir de la industria de armamentos, donde los arsenales están en el centro de atención. El Papa no ignora las disputas y los conflictos, pero certeramente observa cómo este factor es determinante. Por ello concluye que el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares de 2021 no ha sido suscrito por algunos de los actores más importantes en la carrera de armamentos.
Con ello, la inestabilidad manifiesta a partir de las consideraciones precedentes indica que la inteligencia artificial emerge en un contexto en que la “autonomía operativa” hace que la guerra sea más “viable” y menos sujeta al control humano, lo que contradice el principio de que recurrir a la fuerza armada sea el recurso de última ratio.
¿Qué dice el Papa sobre el uso de la IA en la guerra?
Con las consideraciones anteriores a la vista, lo primero que destaca el Papa sobre la IA es “que el uso de la IA en el ámbito bélico debe estar sujeto a las restricciones éticas más rigurosas, y al respeto de la dignidad humana y de la sacralidad de la vida, evitando una carrera armamentística.” También señala que no existe tal cosa como un “agente moral artificial”. Esto es clave: la IA no siente, no piensa humanamente, no discrimina moralmente; puede sintetizar y manejar miles o millones de datos, pero la decisión de su empleo es humana y personal. Por tanto, la IA “no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad: sólo puede hacerlo más rápido e impersonal.”
Qué duda cabe que, en lo concerniente a la guerra, la mirada del Pontífice es la de un sujeto que comprende a cabalidad los elementos del conflicto. Por esto concluye en relación con el ámbito bélico con dos ideas elementales: la necesidad de garantizar la trazabilidad y la posibilidad de reconstruir la toma de decisiones, de modo que ninguna de ellas se disuelva en la máquina. Más oportuno, imposible: La encíclica recuerda que la guerra, incluso cuando se disfraza de algoritmo, sigue siendo un drama humano que exige responsabilidad ética.
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