Los atentados terroristas a Estados Unidos de N.A. del 11 de Septiembre de 2001: Efectos desde una perspectiva Geopolítica y Estratégica

 

 

 

 

 

Cristian Chateau Magalhaes

Profesor ANEPE

El atentado terrorista a las Torres Gemelas y otros blancos de carácter estratégico, ocurrido el 11 de septiembre del año 2001, se presenta como un evento disruptivo en el contexto de un escenario de post guerra fría, cuya sorpresa y violencia dejaron al mundo en estado de shock, instalando una percepción de gran inseguridad y vulnerabilidad, solo igualada por los temores de la era nuclear, particularmente en el mundo occidental.

 

La que hasta esa fecha se erguía como la potencia hegemónica, al menos en su poder militar, sufre un ataque violento y sorpresivo, en el núcleo vital de su territorio continental, por parte de una organización terrorista con capacidad de acción trasnacional. La simpleza del arma utilizada y la sangre fría en su ejecución, conjugado con la difusión por televisión “en vivo” del ataque, amplificaron el terror generado.

 

El conflicto iniciado con este “reto”, distaba mucho de lo tradicional, ratificándose que en la era de la globalización, las amenazas a la paz no solo se originan en conflictos interestatales, sino que pueden provenir de un sinnúmero de actores cuyas motivaciones son diversas y sus agendas parecen muy difíciles de anticipar. Los atentados del 11 de marzo del 2004 en la estación de trenes de Atocha, en España, y otros devastadores actos de terrorismo posteriores, reafirmaron esta tendencia.

 

El terrorismo, que podríamos definir como un acto de inusitada violencia, sorpresiva, letal y sin sentido, y que busca producir conmoción, miedo e incertidumbre a personas –normalmente civiles no combatientes– para impactar de manera indirecta a un objetivo primario constituido por el poder político de un determinado Estado-nación, cambió notablemente después del 11S,  globalizándose como método de lucha anti sistémica  y volviéndose más letal e incierto respecto a los perpetradores pues, no se adjudican los actos e incluso los pueden negar.

 

Estas organizaciones terroristas basan sus acciones en redes transnacionales, se vinculan con el crimen organizado y normalmente se refugian en estados rebeldes que los protegen y apoyan. Sus motivaciones políticas han transitado desde lo ideológico a lo religioso y las competencias operativas de sus integrantes han aumentado en sofisticación. Actúan en redes menos jerarquizadas empleando tecnología simple y con un alto grado de descentralización.

 

Desde una perspectiva geopolítica, y si bien se estima que no se produjeron grandes alteraciones en los equilibrios del poder mundial, al atribuirse el acto a la organización Al Qaeda y a su líder Osama bin Laden, se comienza a configurar una confrontación de carácter cultural-religioso, cobrando vitalidad como argumento algunas nuevas hipótesis de conflicto como la planteada por Samuel Huntington, quien en su libro “El Choque de las Civilizaciones”(1996), sostiene que las guerras futuras serían motivadas predominantemente por diferencias culturales y civilizacionales.

 

Ante este suceso hubo en el mundo diferentes reacciones, muchas de apoyo, otras de incredulidad y otras de indiferencia. Así, basado en el principio de la legitima defensa y en un llamado a la “defensa colectiva”, la potencia mundial llama a sus aliados y a todos los países a emprender una “Guerra contra el Terrorismo”. Como una forma de presión internacional, Bush acuña el dicho “estás con nosotros o estás en nuestra contra”.

 

En el contexto de la Defensa, los sistemas de inteligencia y de seguridad de EEUU, son cuestionados y se busca –en plazos de tiempo críticos– concebir y articular una nueva estrategia para este particular modelo de guerra, articulándose esta en dos frentes, el primero defensivo en territorio continental norteamericano, orientado a proteger a sus ciudadanos e infraestructura ante un eventual futuro ataque.

 

Ello condujo a la implementación de un sinnúmero de medidas restrictivas, transformándose la arquitectura interna de seguridad, a partir de la creación de “Department of Homeland Security”, entidad que unificaría y articularía el accionar de todas las instituciones con la finalidad de que un ataque similar no volviera a ocurrir. Lo anterior, llevó además en octubre del 2002, a redibujar el mapa mundial de los llamados “Comandos Geográficos” organizándose el Northern Command, que integraría en su jurisdicción a México y a Canadá.

 

El segundo frente, se tornó más complejo, pues operativizar ese “ambiguo objetivo político” (Guerra contra el Terrorismo) en un objetivo físico, se hacía muy complejo; sin embargo, sobre la base de la inteligencia generada se identifica al grupo insurgente talibán en Afganistán, como una organización que apoya a Al Qaeda y que refugia a Osama bin Laden, articulándose una ofensiva que en corto tiempo se transforma en un conflicto de características asimétricas en donde un enemigo inferior en armamento y tecnología es capaz de oponerse con éxito a un ejército altamente sofisticado. El escenario geográfico de Afganistán juega en favor del Talibán y Estados Unidos debe operar primordialmente con Fuerzas Especiales y medios de Infantería. Sus modernos medios blindados y mecanizados deberá guardarlos por largo tiempo.

 

La llamada “Revolución en Asuntos Militares”, doctrina iniciada por Estados Unidos y sus aliados en la década anterior, en donde se presagiaba que la tecnología podría permitirle superioridad en el campo de batalla, no rinde los frutos esperados y el desarrollo y entrenamiento de la fuerza debe reorientarse hacia las tácticas y técnicas de Contra Insurgencia.  La presencia del ser humano en el campo de batalla vuelve a ser esencial en todas sus dimensiones y la doctrina del “Mission Command” –en donde se promueve la iniciativa y autonomía de los mandos subalternos–, es revitalizada.

 

Se consolida así un tipo de guerra que algunos autores han denominado de cuarta generación, en donde fuerzas armadas convencionales se verán enfrentadas a grupos insurgentes, terroristas, guerrilleros que, en una postura asimétrica, utilizan la subversión y el terrorismo como tácticas predominantes, apoyándose en tecnología simple y buscando extender las operaciones en el tiempo. Sus motivaciones son más culturales y religiosas que políticas, y sus cuadros –a menudo de base transnacional– operan en forma descentralizada y sin liderazgos evidentes. Solo sus creencias guían su actuar y utilizan a civiles inocentes como escudo, despreciando las reglas del Derecho de la Guerra.

 

Paradójicamente, en el campo del pensamiento estratégico, estas nuevas formas de guerra ya habían sido anticipadas: en su obra “La Transformación de la Guerra”, el destacado profesor Martin van Creveld (1991), diez años antes avizoraba que las guerras futuras serían emprendidas por entidades que no fueran estados y peleadas por otros medios que no fueran ejércitos. El conflicto de las ultimas décadas, ha continuado demostrando que las Fuerzas Armadas convencionales siguen plenamente vigentes, pero que efectivamente operan en un campo de batalla asimétrico contra este tipo de entidades.

 

Como ya se mencionó, la inteligencia estratégica había sido fuertemente cuestionada. En marzo del 2002, la revista Time, en un inquietante artículo titulado “Can we stop the next attack?”, afirmaba que, a pesar de que Estados Unidos había podido contraatacar y golpear fuertemente a Al Qaeda en Afganistán, la CIA el FBI y otras agencias, aún lidiaban por recomponer y rearticular el malogrado sistema, antes de que viniera otro ataque (Time, 2002).  

 

En ese contexto, se produce una reactivación notable de la comunidad de inteligencia internacional, incrementándose los enlaces, traspaso de información y otras iniciativas estratégicas de contraterrorismo. Lo anterior conjugado con una completa reorganización del Sistema de Inteligencia de EE.UU.

 

En Chile, inmediatamente después de los atentados, se comparte la sensación de inseguridad global, y siguiendo una tendencia mundial se implementan diversas medidas de seguridad en el ámbito aeroportuario; no obstante, la percepción es que la probabilidad de ocurrencia de un ataque de dichas características es baja. En donde se aprecia más nítidamente un efecto es en el ámbito de la Inteligencia con miras a prevenir este tipo de hechos, implementándose variadas iniciativas de contraterrorismo en el concierto de la comunidad de inteligencia, con énfasis en las policías.  

 

De igual forma, los eventos del 11 de septiembre del 2001, generan un gran impacto en la Comunidad de Seguridad y Defensa, la cual participaba de las deliberaciones, debates y reflexiones en torno a la elaboración del Libro de la Defensa Nacional del 2002, en donde, entre otros aspectos, se analizan los escenarios y tendencias respecto de la seguridad y la defensa, se identifican nuevas  modalidades de terrorismo, como las que se llevaron a cabo en EE.UU., calificando este fenómeno como la principal amenaza a la seguridad internacional, estableciéndose que la forma de enfrentar dicha amenaza y sus derivaciones, es a través de una estrecha cooperación. En tal sentido, podemos hablar de un “despertar” en dicha comunidad respecto de las implicancias estratégicas de estas amenazas no tradicionales.

 

En esta década, las Fuerzas Armadas chilenas, estaban concentradas en profundos procesos de modernización, principalmente orientados a la actualización de capacidades en los ámbitos estratégico, operativo y táctico y un avance notable hacia un accionar mas conjunto de las fuerzas. En tal sentido, producto de este hecho y de sus efectos en los estudios estratégicos a nivel global, la doctrina de las FFAA comienza a visualizar con mayor énfasis nuevas formas de guerra, distintas a las convencionales de lógica interestatal.

 

Finalmente, y sin perjuicio de todo lo analizado, la gran lección que el 11 de septiembre nos deja en los planos conceptual y operativo de la seguridad, la defensa y la estrategia, es el imperativo de que, basados en las lecciones de la historia, debemos continuar explorando y visualizando los escenarios futuros, generando conocimiento y capacidad de anticipación estratégica, para contener y/o minimizar los efectos de acontecimientos tan trágicos como los de aquella mañana de septiembre. En dicho contexto, la Comunidad de Seguridad y Defensa –compuesta por civiles y militares de los ámbitos publico, privado, académico y de la sociedad civil– tiene un papel irrenunciable.

 

1 Response
  1. Enrique heyermann

    Interesante artículo, cuyas conclusiones aún vigentes, para tomar medidas a las amenazas no convencionales que afectan a los países y en particular en chile.

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