
Juan Carlos Pastene
Investigador de la ANEPE
y analista del Instituto Geográfico Militar
Desde niño quise conocer lugares extremos. Esa curiosidad se volvió una forma de mirar el territorio. Hoy veo en la geoinformación una herramienta para pensar decisiones de largo plazo frente al calentamiento.
En marzo intenté llegar tres veces a la Antártica. El viaje, gestionado por el Instituto Antártico Chileno (INACH), quedó suspendido una y otra vez por las condiciones del extremo sur. Si se tratara de otro destino, habría sido solo una cancelación incómoda. En la puerta del continente blanco, en cambio, fue una lección geográfica: hay lugares que no se dejan reducir a un itinerario, a una fecha o a una línea sobre el mapa.
La Antártica tiene algo de eso. Parece lejana, blanca y silenciosa, pero está lejos de ser un territorio inmóvil. Allí se cruzan el hielo, el océano, el viento, la ciencia, la logística, la protección ambiental y las decisiones públicas. Leerla no significa reducirla a una imagen de hielo remoto, sino comprenderla como un territorio dinámico, donde interactúan procesos ambientales, científicos, logísticos y políticos que obligan a mirar con más atención.
Mi curiosidad por los territorios extremos apareció temprano, en Concepción, Chile, a un costado del histórico río Biobío. En mi familia aprendí desde niño el valor de salir, conocer y mirar los lugares con atención, aunque muchas veces viajar significara improvisar rutas, dormir a la intemperie o avanzar con la ayuda de otros en el camino. Esa inquietud también se alimentó en los viajes hacia Curacautín, la ciudad de mi madre, con la presencia del Llaima, uno de los volcanes más activos de Sudamérica. Desde esos paisajes del sur, la geografía podía sentirse antes de estudiarse: en los caminos, en los cambios del tiempo y en la manera en que el relieve, el clima y la distancia condicionaban cada viaje.
Después vinieron Santiago —cuando hice la formación doctoral en Heidelberg mediante una beca Chile/DAAD— y los múltiples viajes a lugares distantes como Irán, Islandia o la Federación Rusa. Mi trayectoria académica también me llevó a trabajar en el desierto de Atacama en el norte de Chile. Ese recorrido fue afinando una idea que resume mi mirada: la geografía es una forma de leer el mundo; ayuda a entender por qué los lugares importan y cómo se conectan con nuestras decisiones.
Esa mirada es valiosa en tiempos de cambio climático. La crisis suele explicarse con cifras globales, a través de grados de temperatura, extensión del hielo, aumento del nivel del mar o emisiones. Todo eso importa. Pero sus efectos se viven en lugares concretos, como una costa expuesta, una ciudad con olas de calor, un glaciar que retrocede, una comunidad que depende del agua o un ecosistema bajo presión. El clima y sus cambios se observan, miden y analizan en múltiples escalas. Sus impactos, sin embargo, se expresan de forma concreta en territorios específicos.
Ahí aparece la geoinformación, una palabra que puede sonar técnica, pero cuyo sentido es muy cercano: información con ubicación. Son datos que permiten saber dónde ocurren los cambios, qué territorios están involucrados, qué muestran las imágenes satelitales, qué nombres reciben los lugares o qué evidencia ayuda a planificar mejor. En un planeta en transformación, el ‘dónde’ ya no es un detalle: es parte de la respuesta.
En la convocatoria 2026 del Concurso Anual de Fondos para Investigación de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE), institución del Ministerio de Defensa Nacional de Chile, me adjudiqué el proyecto Geoinformación y cambio climático en la Antártica: implicancias territoriales y estratégicas para Chile. Para mí, ese reconocimiento confirma la pertinencia de una mirada geográfica, donde la relación entre el territorio chileno antártico y el cambio climático abre preguntas sobre territorio, información y decisiones de largo plazo.
Chile conoce bien esa cercanía austral, pues es un país antártico. Cuando se piensa en su geografía, Chile se extiende meridionalmente hasta el Polo Sur. La Antártica forma parte de la manera en que el país se mira a sí mismo: continental, insular, oceánico y polar. Para América Latina y el Caribe, mirar hacia la Antártica no significa mirar hacia un lugar ajeno. Lo que ocurre al sur del Paso Drake se conecta con procesos oceánicos y atmosféricos del sistema climático global.
La geoinformación antártica ayuda a formular preguntas concretas. ¿Dónde se observan cambios relevantes? ¿Qué áreas requieren atención ambiental? ¿Qué datos permiten planificar actividades en condiciones extremas? ¿Cómo se comunica mejor lo que ocurre en un territorio que parece lejano, pero forma parte del equilibrio climático común? En la Antártica, la información geográfica permite pasar de la imagen del cambio a la comprensión de sus contextos: dónde ocurre, con qué se relaciona y por qué puede importar más allá del continente blanco.
En mi labor docente con niños, niñas y jóvenes, también abordo temas de geografía, geoinformación y variabilidad ambiental. Allí, la Antártica deja de ser una imagen de documental y se vuelve una puerta para hablar de ciencia, ciudadanía, territorio y futuro. Ese interés me parece una señal alentadora, pues las próximas generaciones están dispuestas a mirar el planeta con más preguntas y mejores herramientas.
Leer la Antártica frente al cambio climático es una invitación a mirar el mundo con coordenadas. No solo para llevar la discusión hacia un territorio remoto, sino para reconocer que los extremos del planeta son también espacios desde donde se observan, se explican y se anticipan transformaciones ambientales que nos involucran.
Nota: Esta columna fue publicada en El País el 13 de julio 2026
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