
Dr. Jorge Gatica
Académico ANEPE
“…los Romanos hacían en estos casos lo que todo príncipe sabio debe hacer: no preocuparse solo de los desórdenes del presente, sino también de los del futuro, y evitarlos por todos los medios; porque cuando los males se prevén con antelación es fácil ponerles remedio, pero si se espera hasta que están cerca, la medicina ya no surte efecto, porque la enfermedad se ha vuelto incurable.”
Maquiavelo, en El Príncipe
Introducción
Lo dicho por Nicolás Maquiavelo hace 500 años mantiene plena vigencia: la incapacidad o insensibilidad por adelantarse a los hechos para adoptar medidas preventivas, finalmente se transforma en ineficiencia y despilfarro de recursos de todo tipo.
La solución para eso se llama “Inteligencia” que, en una definición muy gruesa, es la función que proporciona el conocimiento útil sobre el ambiente, los riesgos y las amenazas, evaluados en el presente y especulativamente en su comportamiento futuro, con el fin de adoptar mejores decisiones; es decir, es una forma de lograr anticipación estratégica (neologismo acuñado por el argentino Eduardo Balbi), que no es otra cosa que situarse virtualmente en algún punto del futuro.
Para comprender mejor lo que es Inteligencia, es prudente despejar qué no es. Solo leer o ver las noticias permite evidenciar los mitos y errores que se sostienen en los más diversos niveles y ámbitos de la sociedad en torno a la noción. Probablemente esto se produce porque, consciente o intuitivamente, todos hacemos Inteligencia cotidianamente; en consecuencia, la palabra se ha vaciado de contenido o se ha trivializado. Sin duda, todos buscamos alcanzar conocimiento útil para optimizar nuestras decisiones personales, aunque curiosamente no siempre se hace bien (o simplemente no se hace) cuando se trata de aquellas que exceden nuestro fuero propio.
Por ello, es necesario precisar: la función Inteligencia no es sinónimo de persecución penal, aunque sin duda se hace Inteligencia como parte de este procedimiento; tampoco equivale a operaciones encubiertas, aunque marginalmente las utiliza y se nutre de ellas; menos aún refiere a la ejecución de acciones al margen de la ley y de la ética.
¿Por qué es importante hacer Inteligencia en el mundo actual?
Como antes ya se enunciara, diariamente los individuos debemos tomar decisiones de diversos tipos, naturalezas y consecuencias; algunas son personales, otras son en cumplimiento de nuestros cargos o trabajos. Pero lo relevantes es que, nos guste o no, debemos asumir esa indelegable responsabilidad. Y hacerlo en asuntos que impactan en el ámbito de las personas o en las organizaciones y entidades políticas o sociales, públicas y privadas, requieren gestionar una gran cantidad de variables: en el mundo de los negocios serán, entre otras, la demanda, la oferta, el valor de los insumos, el costo de producción, la competencia, el comportamiento futuro del mercado, etc.; en el ámbito de la política serán las necesidades, los costos de oportunidad, los recursos disponibles, la percepción social, etc.; en el mundo de la seguridad serán los riesgos, las amenazas, los adversarios reales o potenciales, el contexto, etc. Este listado antes indicado, por cierto, ejemplificador y en ningún caso exhaustivo, solo pretende relevar la dificultad y la complejidad del análisis en las diversas dimensiones de la vida en sociedad. Más aún, no solo se trata de intentar vislumbrar lo que está ocurriendo, sino también proyectar los hechos a futuro para determinar el impacto negativo o positivo que pudieran tener, en la consecución de los propios objetivos e intereses.
El vocablo inteligencia, además del concepto ya indicado, refiere también a un proceso, conocido entre los especialistas como el ciclo de inteligencia, que incorpora varias etapas: un esfuerzo debidamente planificado de obtención de la información, su análisis, la elaboración de un producto con sentido y propósito de empleo, y su difusión según pertinencia y oportunidad, para ser incluido dentro de las variables a considerar para la toma de decisión en un mundo cada vez más líquido, utilizando el planteamiento del sociólogo Bauman.
En efecto, actualmente vivimos en un mundo que, ya hace algunas décadas, profesores del Colegio de Guerra de los Estados Unidos caracterizaron con el acrónimo V.U.C.A. (por su sigla en inglés): volátil, incierto, complejo y ambiguo. A esto, el futurólogo norteamericano James Cascio en el año 2021 le agregó los rasgos de B.A.N.I. (por su sigla en inglés): frágil, ansioso, no lineal, incomprensible. En suma, vivimos en un mundo brutalmente caótico y dinámico. En consecuencia, intentar anticiparse a los hechos ya no es una opción, sino es hoy una obligación.
¿Cuál es el costo de hacer una mala (o no hacer) Inteligencia?
Aunque parece obvio, la experiencia indica que una y otra vez el hombre tropieza con la misma piedra. La historia universal está plagada de hechos negativos que han tenido como una de sus principales características, la incapacidad para prevenirlos; o bien, habiéndose advertido, poco o nada se hizo oportunamente para neutralizarlos o mitigarlos.
Al respecto, es útil recordar el conocido síndrome de Casandra (inspirado en el mito de Casandra) que usualmente ocurre a los servicios de inteligencia. Esta anomalía se refiere a lograr la capacidad de anticipar hechos negativos, riesgos o amenazas, pero no poder influir para que sus advertencias sean debidamente consideradas por el entorno o por quienes deben adoptar las medidas necesarias para enfrentarlos oportunamente. De manera muy similar, Michele Wucker acuñó hace algunos años la idea de los “rinocerontes grises”, que son riesgos de alta probabilidad de ocurrencia y de gran impacto que, a pesar de las claras señales de advertencia, se ignoran y finalmente fuerzan respuestas reactivas de alto costo.
La Inteligencia coopera directamente en la prevención de eventos negativos para la vida normal de una sociedad, iluminando a los decisores para la adopción de medidas tendientes a neutralizar o mitigar riesgos o amenazas; pero también, desde una perspectiva moderna de la función, es responsable de proveer una mirada de futuro y advertir sobre oportunidades que pueden impactar directamente en el desarrollo de los países, sus instituciones y sus habitantes. En consecuencia, tomar decisiones e intentar diseñar estrategias prescindiendo de ella, es simplemente accionar con una visión incompleta o apostando a los designios de la diosa fortuna.
Es obvio que el futuro no se puede predecir, sin embargo si es posible “leer” señales débiles y fuertes. El comportamiento de ciertos patrones, las características de ciertos líderes o personajes influyentes, la tradición, los intereses manifiestos o encubiertos, entre muchas otras variables, permiten deducir posibles escenarios a configurarse en diferentes horizontes temporales. Y eso lleva a la siguiente pregunta.
¿Por qué se necesita un sistema de inteligencia debidamente estructurado y profesionalizado?
Las razones son varias y cada una de ellas ameritaría un largo y profundo análisis, por lo que solo se hará el esfuerzo de enunciar y explicar brevemente algunas de estas:
Legitimidad: la Inteligencia siempre ha debido enfrentar un manto de dudas. La naturaleza de la función requiere un alto grado de reserva y, de hecho, en parte se nutre de operaciones que no son ni pueden ser de público conocimiento. Es necesario recordar que su origen está en el ámbito castrense, donde el secreto es una de las variables a preservar. Aunque hoy ha trascendido a instancias no necesariamente vinculadas a la seguridad y la defensa, sigue siendo asociada con el conocimiento específico de una materia, lo que es en sí mismo un factor de poder. En consecuencia, no es fácil lograr la legitimidad, aun cuando opere en un marco estricto de legalidad. Por ello debe tener un claro marco jurídico, mecanismos de control democrático y normas de responsabilización, entre otros atributos.
Dificultad y complejidad: las materias que trata no son tan solo difíciles, también son complejas. Comportan materias que requieren conocimiento y reflexión profunda, pero que también poseen una gran diversidad de variables, por lo que es imprescindible contar con personas altamente especializadas, con experiencia, capaces de evaluar desprendiéndose (en lo posible, nunca se logra del todo) de sesgos políticos, ideológicos, religiosos y culturales, entre otros. Deben además considerar una batería de procedimientos que articulen epistemologías y metodologías distintas, precisamente por la dificultad y complejidad de los fenómenos.
Compartimentaje: al ser fuente de conocimiento, es también una fuente de poder y de riesgo. En consecuencia, las agencias y los agentes se entrenan bajo la lógica del compartimentaje, asumiendo que una fuga de información puede transformar rápidamente una fortaleza en debilidad. Es por ello que se necesitan procedimientos muy claros para el manejo, el traspaso y el intercambio de información, como también para la preservación y la difusión de los productos.
Funciones y ámbitos: tradicionalmente la Inteligencia se asociaba a riesgos y amenazas, en el ámbito de la seguridad y la defensa. Hoy trasciende aquello y abarca una amplia gama de necesidades, a lo que suma también la capacidad de anticiparse estratégicamente para identificar y explotar las oportunidades.
Visión de Estado: las políticas públicas sobre la cual opera la Inteligencia son precisamente políticas de Estado. A modo de ejemplo, es posible ver hoy como el fenómeno del COT, no es atribuible en su origen ni en su combate a un gobierno en particular. Podrá haber medidas específicas de un gobierno que hayan incidido a favor o en contra de esta anomalía, pero no es posible pensar que un solo gobierno le permitió expandirse y, por otra parte, un solo gobierno va a ser capaz de erradicarla y mantenerla controlada en el tiempo. La Inteligencia no puede trabajar para la agenda del gobierno de turno, lo que es también otra razón para profesionalizar los servicios.
Algunas reflexiones finales
Generar las condiciones para adoptar las mejores decisiones en todos los niveles es parte de las tareas de los líderes en sus respectivas esferas de competencia, por lo que estos tienen la responsabilidad indelegable de definir qué antecedentes necesitan para cumplir eficientemente sus tareas, como también gestionar lo necesario para procurarse esos insumos. Por ello, la Inteligencia debe ser omnipresente y omnicomprensiva; si se hace parcial o asistémicamente, se corre el riesgo de desaprovecharán las oportunidades o dejar espacios por los cuales fluirán los riesgos y las amenazas. En consecuencia, debe cubrir los diferentes ámbitos y dimensiones del tejido social comprometidos en esto.
Por otra parte, se debe tener conciencia que no existe la Inteligencia perfecta; exigir perfección obligará a quienes hacen Inteligencia a mentir, a especular (en el sentido negativo de la palabra) o a abstenerse de proporcionar los productos que tenga por temor a eventuales yerros. Siempre habrá vacíos insalvables y se deberá aceptar tomar decisiones con esas brechas.
A Séneca se le atribuye (aunque también a Schopenhauer) la célebre cita “no hay viento favorable para el que no sabe a qué puerto va”. En el difícil mundo actual la Inteligencia está llamada a ser quien señala el puerto al que se quiere llegar y las tormentas que se enfrentarán en la ruta, como un insumo imprescindible para el diseño de una eficiente estrategia.
Nota: Publicada en Revista Seguridad y Defensa, enero 2026.
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